Se recrudece la violencia en marcha de los jubilados en Buenos Aires, Argentina

Pablo Grillo se agachó para tomar una fotografía que guardara para el recuerdo la cruda protesta en la tarde del 12 de marzo de 2025 en inmediaciones del Congreso de la República Argentina donde los jubilados se aglutinan cada miércoles para exigir mejoras en sus pensiones y el retorno de beneficios en salud que fueron recortados por el gobierno del libertario Javier Milei.

Un segundo tardó en caminar a la mitad de la calle e inclinarse para hacer el retrato y al momento, el joven fotógrafo yacía en el suelo con la cabeza reventada y su cámara al lado. Al parecer, una bala cargada con gas lacrimógeno y disparada por las fuerzas de seguridad impactó en su frente y hoy, la herida lo tiene en cuidados intensivos y con muerte cerebral. 

“Si Pablo Grillo logra salvar su vida, aún así está muerto. Del Pablo Grillo que vivió hasta hoy solo quedará el recuerdo. A Pablo Grillo le quitaron su vida”, se lamentó en su cuenta de X Juan Cruz, periodista y dirigente deportivo de la provincia sureña de Chubut, Argentina luego de que el video que registró el suceso se hiciera viral en redes sociales.

Pablo, reportero gráfico independiente, vestía un pantalón negro con el escudo de un equipo de fútbol. Mientras luchaba por su vida en el Hospital General Ramos Mejía, en la capital argentina, en un noticiero de alcance nacional la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, aseguraba que el muchacho “está preso. Es un militante kirchnerista que hoy trabaja en la Municipalidad de Lanús con Julián Álvarez, para que se den una idea de los detenidos".

La Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina, Argra, rechazó dicha declaración. “Hoy, quien fue nuestro alumno en Argra Escuela, Pablo Grillo, ha sido vilmente herido de gravedad por fuerzas de seguridad. No habrá sido porque no advertimos el grado de peligrosidad de Patricia Bullrich. Y fue herido y su vida corre peligro porque no hubo ni un solo reporte político, institucional o judicial que le pusiera freno a su impericia asesina y demagógica”.

Radiografía de una protesta

La concentración es habitual después de las cuatro de la tarde de cada miércoles desde que en 2023 el Gobierno del presidente Javier Milei decidió devaluar la moneda, cambiar el régimen de pensiones y recortar beneficios para acceder a servicios médicos y bonos para la compra de medicamentos.

Durante todo ese tiempo los jubilados, solos, confrontaron a las fuerzas de seguridad hasta hace dos semanas cuando dirigentes de la barra del equipo de fútbol de Chacarita decidieron acompañarlos. A ellos también se les dispersó con gases lacrimógenos y balas de goma.

Ayer no fue solo una barra. Se sumaron seguidores de Boca, River Plate, Independiente, Racing, y una docena de hinchas de equipos de la segunda división del fútbol argentino; hijos, nietos de los jubilados, oficinistas, médicos, sacerdotes...

Sobre las cuatro y treinta de la tarde, en la zona verde de la plaza del Congreso estaban las hermanas Silvina y Graciela, de 72 y 75 años, respectivamente. Mientras una de ellas tomaba fotografías con su teléfono móvil, la otra contaba que no tenía miedo. “Ya lo viví en la dictadura; en el 2001…”, cuando la larga crisis política, social y económica llevó a protestas que terminaron con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.

“No necesitamos estar aquí, pero venimos porque no es justo que muchos viejos ya no puedan comprar ni una lechuga. ¿Viste? ¡Se convirtió en un privilegio comer lechuga!”, reforzó Graciela con un pañuelo blanco con los símbolos de las Madres de Plaza de Mayo envolviendo su cuello.

Gerardo, de 75 años, vestido con un buso blanco con el escudo riverplatense, observaba desde la vereda del Congreso a los cientos de uniformados apostados en la vía Rivadavia: “Va a volver a pasar. Se va a reventar todo. Es el mismo aire de 2001, falta poco”. Telegrafiaba cada frase mientras guardaba sus manos entre los bolsillos: “Pronto serán millones en la calle, no habrá ninguna fuerza que pueda contenerlos”.

Una joven policía se cruzaba miradas con Gerardo. Movía su cabeza en gesto de negación y sus ojos gritaban de miedo al ver la convulsión que se acercaba. “Al menos ustedes ya tienen quienes vengan a acompañarlos, ¿a nosotros quién? Todo esto por menos de trescientos mangos (unos 280USD)”.

En la distancia se escuchaban detonaciones, crecía el humo y el eco de la arenga “¡que se vayan todos!”. Y de repente la premonición de Gerardo se empezó a hacer realidad. Los gases fueron lanzados no a quienes estaban obstaculizando la circulación vehicular sino a las personas que estaban reunidas en las veredas y las zonas verdes.

“Estamos cumpliendo la ley”, dijo sin mirar a la nada uno de los policías que hacían un cordón humano para cercar a los manifestantes. Los que pudieron correr lo hicieron; otros, los viejos, sufrieron los efectos del gas y fueron auxiliados por socorristas que los llevaban a ‘zonas seguras’ que también fueron desalojadas por la intensidad de los gases que lanzaban unidades motorizadas de la gendarmería.

Durante casi tres horas las fuerzas de seguridad disuadieron a los manifestantes y en medio de su accionar hirieron con bolas de goma a periodistas, socorristas, transeúntes, barristas que lanzaron piedras y adoquines de las calles desde el Congreso, sus calles aledañas hasta llegar a la Casa Rosada.

El escenario daba testimonio de un combate: 114 personas capturadas que luego fueron liberadas por orden del Juzgado de Primera Instancia en lo Penal, Contravencional y de Faltas N° 15; contenedores de basura incendiados, avenidas bloqueadas, policías motorizados yendo y viniendo, tanquetas con hidrantes, palos por el aire, banderas ondeadas. Coros de “¡que se vayan todos!” y la mítica estrofa del Himno Nacional argentino “sean eternos los laureles que supimos conseguir, coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir”.

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