El Papa Francisco nunca dejó de ser el padre Jorge


En abril de 2013 buscaba, desde la redacción del periódico El País de Cali, un directorio por internet que me arrojara el número de María Elena Bergoglio, hermana de Jorge Mario, para poder saber qué pensaba de que su hermano hubiera sido elegido primer Papa latinoamericano de la historia.

En menos de diez minutos y en medio de un ataque de tos aseguró, entre otras cosas, que el Sumo Pontífice tendría la firmeza para combatir al Vaticano elitista porque "tiene una gran firmeza. Cuando hay cosas que tiene que defender, las defiende desde el corazón".

Pasaron más de doce años y las palabras de María Elena parecen una profecía. Aunque no la he visto a ella, hoy recorro las calles que Francisco un día caminó. 

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El 21 de abril de 2025, el día en el que Francisco murió, se estaban cumpliendo 17 años de creación del centro barrial de la parroquia Cristo Obrero, donde brindan atención a personas en condición de calle y drogadicción en la Villa 31 (barrio Padre Carlos Mugica), irónicamente ubicada en medio de la pomposidad de los barrios Retiro y Recoleta, de la capital de Argentina.

Ante la muerte del Sumo Pontífice los periodistas corrieron a buscar a los padres villeros, como se les conoce a los sacerdores que lideran las comunidades católicas en los sectores más pobres de Buenos Aires; los sectores donde Jorge Mario Bergoglio, el padre, el cardenal, el papa puso siempre sus ojos y jamás abandonó.

El padre Ignacio Bagattini o 'Nacho', como lo conocen sus feligreses, desde muy tempranó aclaró que sí iban a hacer una ceremonia religiosa, pero nada tenía qué ver con rendir honores al Papa. "Cada lunes después de Resurrección ofrecemos una eucaristía al mediodía porque celebramos un año más del comedor que se fundó por idea de Francisco. Lo hacemos después de Semana Santa porque el Jueves Santo de 2008, siendo obispo lavó los pies a un grupo de indigentes y drogadictos y después nos dijo: "Tenemos que hacer algo por ellos". Y se fundó el comedor.

Al centro que se le bautizó Madre Teresa de Calcuta y que hace parte del programa Hogar de Cristo, llegaron, en su mayoría, hombres que están en proceso voluntario para dejar el consumo de sustancias psicoactivas. Recordaron cómo empezó todo y elevaron una oración por el argentino que durante trece años fue el máximo Jerárca de la Iglesia Católica.

Todos cerraban sus ojos para rezar mientras en el fondo del estrecho salón la imagen de Francisco, estampada en la pared, sonreía con un mate en la mano."Hay que recibir la vida como viene" y nunca olvidarse de "hacer lío", amplificaba el padre Nacho, en su sermón, el mensaje que el Papa les enseñó desde que recorría las calles con ellos en las villas de la ciudad bonaerense.

La simpleza del amor

Al otro extremo, la Catedral Metropolitana de Buenos Aires recibía a uno que otro seguidor del Papa y otro enjambre de periodistas en la puerta tratando de cazar lágrimas de feligreses.

Afuera, una de las columnas del templo ya tenía estampitas con la imagen del Pontífice, una decena de velas encendidas y una gran bandera de su club favorito de fútbol (San Lorenzo) que retiraron con el correr de los días.

No eran muchos los fieles. Muy pocos para hablar con sinceridad. Una fotografía discreta en el altar de la catedral y un par de ramos con rosas blancas adornaron el altar. 

El movimiento era casi que el habitual: Niños en edad escolar haciendo el recorrido típico para conocer el mausoleo que se encuentra allí del general San Martín, prócer argentino, y turistas aquiriendo estampitas en la tienda de reliquias. 

Para no haber una multitud, el cuaderno de visitas ya tenía una extensión considerable de mensajes escritos: "Gracias Papa Francisco por devolverme la fe. Gracias por pensar en todos, en todos más allá de los tiempos. Gracias por tu hermosa encíclica de Laudato Sí, por el cuidado de la 'casa común' (...) Te voy a extrañar siempre, te quiero". Roberto, un hombre mayor y de rasgos indígenas, cerró la nota con con un corazón.
 
Siempre Jorge
Recorrer el barrio Flores, en Buenos Aires,  es sentir más cerca a Francisco aunque desde hace más de trece años haya dejado de vivir allí. En cada lugar, por estos días, hay alguien hablando del Papa que creció en esas calles, que deseó ser sacerdote después de ver las obras que se hacían en la Basílica que lleva el mismo nombre del barrio y que repartió saludos, abrazos, consejos y comida.

Han pasado tres días desde la muerte del Papa. En la  casa de la calle Membrillar al 531, como en la Catedral, tampoco hay multitudes, pero sí muchos mensajes escritos en hojas de cuaderno; flores de distintos colores, casi todas sencillas, y velas, muchas de ellas, ya derretidas en el piso.

Carlos pasa dos o tres veces en el día, pero desde que se murió Francisco pasa muchas veces más. Sacar a pasear a su perrito podle es una excusa. Lo que quiere en realidad es confirmar que Jorge Mario sigue ahí.

El hombre, al que cada tanto se le encharcan los ojos, reconoce que desde hace mucho Jorge Mario no está en esa casa: Durante doce años y treina nueve días fue el inquilino principal del Vaticano, por más de una década  cambió su nombre a Francisco; desde hace cinco días su corazón dejó de latir. "Yo sé que está muerto, pero él sigue aquí: Siendo Papa nunca cambió, al contrario impulsó más el respeto hacia los pobres, más respeto hacia la humanidad, a los jóvenes les dio todo el apoyo. Es, fue y será siempre el Jorge Mario Bergoglio que yo conocí", solloza el hombre, mientras su podle tira de la cuerda con la que lo saca de paseo.

Dice que al padre Jorge hay que rendirle honores con simpleza, con discreción. "Los que corrieron a comprar tiquetes y gastar sumas importantes de dinero para ir al Vaticano, no entendieron nada de lo que él enseñó".

Carlos tenía 16 años cuando conoció a Bergoglio; cuenta que hablaban de fútbol, de política, de la vida. Hoy tiene 76 y asegura que después de Francisco la Iglesia nunca volverá a ser la misma, que es un verdadero orgullo que esa institución haya sido reformada por su amigo. Lo mismo piensa Virginia quien en una hoja en blanco dejó escrito con letras rojas: "Vos sí enseñaste con el ejemplo. Sos un profeta".

Irene no es del barrio, pero conoció al 'padre Jorge' en una imposición de manos. La mujer camina con dificultad pero allí está, encendiendo una vela en memoria del Papa. Repite en medio del llanto que el legado de Franscico es creer y que ella se encargará de promover su enseñanza; a Lola, que vive a la vuelta, le bautizó una sobrina. "Era un amor", dice.

Y así, siempre hay alguien que pasa por la casa de la calle Membrillar intentando expresarle a los extraños que el padre Jorge se fue al Vaticano y se mantuvo allí como el mismo ser humilde que conocieron en Buenos Aires aunque luego en todo el mundo lo llamaran Francisco.

- ¿Vos sabés cuánto dejó de herencia el padre Jorge?
- Sé que no recibió nunca el dinero que le correspondió por su cargo.
- Tenía cien dólares en la cuenta, escuché hoy en algún lugar. Estoy seguro de que no los estaba guardando para él. Seguro estaba juntando para ayudar a algún necesitado.

El taxista, que también conoció a Bergoglio, mira por el retrovisor y sostiene: ese era el padre Jorge, el que todos querían cruzarse en el camino para que les diera la bendición; el que vos te encontrabas almorzando en un bodegón (restaurante corrientazo) y luego salía a repartir comida; el que no le gustaban las excentricidades, ni que le rindieran culto, el que jamás cambió sus zapatitos negros de cordón, el que no se creía un santo, pero todos por separado aseguran que sí lo fue.



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